16-12-2007

Las diabluras del mono

Hace algún tiempo ya, leí un artículo en el diario que me gustó mucho. Me gustó porque representaba en buena medida lo que yo pienso sobre las personas. Filosofé bastante sobre el asunto y, en definitiva, reforzó mi idea de que en muchos aspectos somos simplemente unos animales que nos guiamos por nuestros instintos y deseos. Bueno, es cierto, tenemos neocorteza cerebral, pensamiento abstracto desarrollado, creemos en Dios (al menos yo creo, a mi manera claro...) y creamos “maravillosas” junglas de cemento, pero somos bastante bestias para muchas cosas y en poco nos diferenciamos del resto de los primates.

Corté la hoja de diario del artículo en cuestión y la pegué en la pared de la que hubo sido alguna vez mi pieza, posteriormente la despegaría para volver a pegarla en la pared de la pieza que ocupé el año pasado, y repetiría una vez más la operación para tenerla pegada en la pared de “mi pieza”, la pieza que actualmente ocupo como vivienda en la parte posterior del patio de una casa; algo así como “un departamento interior”, eufemismo y denominación algo siútica para lo que en realidad es “mi pieza”.

Hace tiempo que quería transcribir dicho artículo, y ahora que estoy próximo a despegarlo nuevamente creo que es el momento oportuno.

Tras tan larga introducción les presento la trascripción del mentado artículo:







El Mercurio, Domingo 4 de Diciembre de 2005.



Opinión Enfoques B13



FREAKONOMICS, Otra mirada de la economía:



Las diabluras del mono



En Harvard y Yale estudian el comportamiento económico de primates. La conclusión es que estamos en un mismo estado evolutivo: la información generada en monos capuchinos, dice un investigador, “los hace estadísticamente indistinguibles de la mayoría de los inversionistas del mercado de valores”.





Stephen J. Dubner y Steven D.Levitt

Adam Smith, el fundador de la economía clásica, estaba seguro que sólo el ser humano se interesaba en el canje monetario. “Nadie ha visto jamás a un perro hacer un justo y deliberado canje de un hueso con algún otro perro”, escribió. “Nadie vio jamás a un animal señalar, mediante sus gestos y gritos naturales, que algo le pertenecía, y que estaba dispuesto a canjear una cosa por otra”.

Pero en un limpio laboratorio en el hospital Yale-New Haven se ha enseñado a siete monos capuchinos a usar dinero. Y una comparación entre la conducta del capuchino y el ser humano tal vez sorprenda mucho al lector, o no lo sorprenda en absoluto, dependiendo del punto de vista que tenga de los seres humanos.

El capuchino es un mono del Nuevo Mundo, marrón y listo, del tamaño de un escuálido bebé humano de un año de edad. También posee una larga cola. “Tiene un cerebro pequeño, y sólo se interesa en la comida y el sexo”, dice Keith Chen, un economista de Yale, quien, junto con Laurie Santos, una psicóloga, está explotando esos deseos naturales. Bueno, al menos el deseo por comida para enseñar a los capuchinos a comprar uvas, manzanas y postres de gelatina como los ‘Jell-O’.

“Hay que pensar en el capuchino como un inagotable estómago de deseos”, dice Chen. “Se los puede alimentar todo el día con malvaviscos. Ellos vomitarán y luego volverán para que le demos más”.

Cuando la mayoría de la gente piensa en economía, suele unir imágenes de gráficos sobre la inflación o sobre tasas monetarias antes que pensar en monos y malvaviscos. Pero la economía está siendo reconocida cada vez más como una ciencia cuyas herramientas estadísticas pueden aplicarse para estudiar cualquier aspecto de la vida moderna.

Esto es así porque la economía es en esencia el estudio de los incentivos, y de cómo la gente y tal vez incluso los monos responden a estos incentivos.

Una rápida hojeada a la literatura actual revela que los más importantes economistas están estudiando temas como la prostitución, el rock and roll, las tarjetas de béisbol, o los prejuicios en los medios de comunicación.

Chen se considera con orgullo un economista conductista, un miembro de la creciente subtribu cuyas investigaciones atraviesan la psicología, la neurociencia y la biología evolucionista. Comenzó su trabajo con monos tamarinos cuando era un estudiante universitario en Harvard. El experimento estaba relacionado con el altruismo. Dos monos estaban ubicados en distintas cajas enfrentadas, cada una equipada con una palanca que liberaría un malvavisco en la caja del otro mono. El único modo que tenía cada mono de conseguir el malvavisco era si el otro mono levantaba su palanca. De este modo, levantar la palanca era en cierto grado un acto de altruismo o, al menos, de cooperación estratégica.

A lo largo de repetidos encuentros con sus compañeros, el tamarino típico levantaba la palanca alrededor del 40% del tiempo. Entonces, Chen y un compañero acentuaron el drama. Los científicos condicionaron a un tamarino para que siempre levantara la palanca (creando así un títere altruista) y a otro para que nunca levantara la palanca (creando un estúpido egoísta). El títere y el estúpido fueron luego enviados a jugar con otros tamarinos. El títere levantó su palanca una y otra vez, sin fallar nunca en echar un malvavisco en la caja del otro mono. Al principio, los otros monos respondieron de la misma manera, levantando sus propias palancas un 50% del tiempo. Pero una vez que se dieron cuenta de que su socio era un ingenuo, su tasa de reciprocidad bajó a un 30%, inferior a la tasa promedio original.

El estúpido egoísta fue castigado todavía peor. Una vez que se estableció su reputación, cada vez que la llevaban a la cámara de experimentación, los otros tamarinos “simplemente se volvían locos”, recuerda Chen. “Tiraban contra la pared sus excrementos, se iban hacia las esquinas y se sentaban sobre sus manos, como enfunfurruñados”.

Chen, de 29 años de edad y seducido por el marxismo antes que por la economía, debe ser el único economista que conduce experimentos con monos.

A veces no resulta claro, incluso para el propio Chen, determinar exactamente en qué está trabajando. Cuando él y Santos, la psicóloga que colabora con él, comenzaron a enseñar a los capuchinos en Yale a usar el dinero, no tenían un tema de investigación definido. La idea esencial era darle un dólar al mono y ver lo que hacía con eso.

La moneda que eligió Chen fue un disco plateado, de una pulgada de diámetro, con un agujero en el medio. Se necesitaron varios meses de repetición rudimentaria para enseñarles a los monos que esas fichas eran valiosas como medio de intercambio para una golosina, y que tendrían similar valor al día siguiente.

Después que el capuchino entendió el mensaje, le presentaron 12 fichas. El mono tenía que decidir cuántas tenía que entregar por, digamos, cubos de Jell-O versus uvas. El primer paso permitía al capuchino no revelar sus preferencias y aprender el concepto de administración. Luego Chen introducía los impactos de precio y riqueza. Si, por ejemplo, el precio del Jell-O caía (dos cubos en lugar de uno por ficha), ¿compraría el capuchino más Jell-O y menos uvas? Los capuchinos respondían racionalmente a este tipo de tests. Es decir, respondían del mismo modo que lo harían la mayoría de los lectores de The New York Times: cuando el precio de algo disminuye, la gente tiende a comprar más de eso.

Chen introducía luego un par de juegos de apuestas e intenciones para determinar cuál de ellos preferían los monos. En el primer juego le daban al capuchino una uva y, dependiendo del lanzamiento de una moneda, o retenía la uva original o ganaba una uva como bono. En el segundo juego, el capuchino comenzaba poseyendo una uva que era un bono y una vez más, dependiendo del lanzamiento de una moneda, o mantenía las dos uvas o perdía una.

Estos dos juegos son de hecho el mismo juego, con idénticas posibilidades, pero uno es encuadrado como una potencial ganancia y el otro como una potencial pérdida. ¿Cómo reaccionaban los capuchinos? Por supuesto, preferían entrar en el juego de la ganancia potencial. Esto no es lo que un manual de economía pronostica. Las leyes de la economía sostienen que estos dos juegos, debido a que representan apuestas tan pequeñas, tendrían que ser tratados de manera igualitaria. Entonces, ¿el experimento de apuestas de Chen revela simplemente las limitaciones cognitivas de estos sujetos de cerebro pequeño? Tal vez no. En experimentos similares, resulta que los humanos tienden a adoptar el mismo tipo de decisión irracional a un promedio casi igual.

El fenómeno, conocido como aversión a la pérdida, fue lo que ayudó al psicólogo Daniel Kahneman a ganar el premio Nobel de Economía. La información generada en los monos capuchinos, dice Chen, “los hace estadísticamente indistinguibles de la mayoría de los inversionistas del mercado de valores”.

¿Pero entienden los capuchinos en realidad el dinero? Durante un reciente experimento con capuchinos, donde se usaron pepinos como incentivos, un ayudante rebanó los pepinos en forma de discos en lugar de cubos, como era habitual.

Un capuchino tomó una rebanada, comenzó a comerla y luego se dirigió corriendo a un investigador para ver si podía “comprar” algo más dulce con eso. Para el capuchino, la rebanada del pepino mostraba bastante parecido con las fichas plateadas de Chen como para semejarse a otra pieza de dinero.

Luego está lo del robo. Santos ha observado que los monos nunca ahorran dinero deliberadamente, pero a veces roban una ficha o dos durante un experimento. Los siete monos viven en una cámara principal comunitaria. Para los experimentos, ponen a un capuchino por vez en una pequeña cámara de prueba adyacente.

Una vez un capuchino que estaba en la cámara de prueba tomó una bandeja entera de fichas, las lanzó en la cámara principal y luego salió corriendo detrás de ellas en una combinación de fuga de la cárcel y atraco a un banco que condujo a una caótica escena, en la cual los investigadores tuvieron que corres a la cámara principal y ofrecer coimas de comida a cambio de las fichas. Eso, a su vez, alentó más robos.

Algo más pasó durante esa caótica escena, algo que convenció a Chen de que los monos entendían el concepto de dinero. Tal vez el atributo más peculiar del dinero, después de todo, es que se trata de un bien fungible. Puede ser usado para comprar no solamente comida sino que cualquier otra cosa.

Durante el caos en la cámara de los monos, Chen vio por el rabillo del ojo intercambio de dinero por sexo, tal vez el primero en la historia de los simios. Y la mona que recibió el dinero a cambio de sexo canjeó inmediatamente la ficha por una uva.

La introducción del dinero fue bastante difícil; no se trataba de que esas fichas transformaran el laboratorio en un burdel. Por esa razón, Chen ha tomado medidas para asegurar que futuros intercambios sexuales entre los monos se registren de acuerdo a lo previsto en la naturaleza.

Lo cierto es que cuando enseñaron a los monos a usar dinero, éstos respondieron con astucia a los incentivos simples; reaccionaron de manera irracional a las apuestas riesgosas; fallaron en el ahorro; robaron cuando podían; usaron el dinero para la comida y, en ocasiones, para el sexo. En otras palabras, se comportaron en buena medida como la criatura que la mayoría de los colegas más tradicionales de Chen estudian: el homo sapiens.

FIN DEL ARTICULO



¿No se creían tan “evolucionados”?...

Un gran saludo para los lectores del blog, espero que más de alguno deje algún comentario. Asumo que ya son más los lectores, no por nada el contador de visitas va en más de 1800, y no tengo a nadie de mi círculo cercano en Italia, Argentina, Suiza, Ecuador, Perú, México, Estados Unidos y otros países desde los cuales han visitado varias veces mi blog. ¡Muchas gracias por leer y visitar este blog!

Saludos,

Englishman

6 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Jaja refuerza lo que pienso de mucha gente sobre su conducta.
Con la diferencia que los animales se conforman con suplir sus necesidades básicas mientras que el hombre siempre va a ansiar el poder sobre otros y lo que lo rodea, algo que nunca lo va a satisfacer completamente y siempre querrá más.
Eso y otras cosas...

Al fin, lei todos tus articulos XD fueron una buena fuente de lectura debo admitir (lo que hace el ocio en el verano... y el exceso de helados)
Q estes bn,
Besos

.: Camila :.

enero 15, 2008 10:14 p. m.  
Blogger Trinidad de la Paz said...

bueno, te voy a postear
aunque no lei completo el ultimo post tuyo, debo decir que es exactamente de las cosas que me gusta leer.
no la mamoneria que escribo yo
jeje
besitos y saludos

febrero 24, 2008 12:32 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Entrete, muy interesante, y comico tambien. Obviamente el ser humano esta predeterminado biologicamente, aunque renegarlo en la artificialidad circundante no es raro. Muy choro eso de crearles una cultura a los animales, ya que lo tradicional dice que solo el ser humano es capaz de transmitir cultura, mediante la crianza, el fusil o demases instrumentos. Pero enseñar algo "tan elaborado" (dependdiendo del enfoque)como el uso del dinero es no menos que espectacular. Que pasaria si los monos pequeños se criaran en ese medio y lo aprendieran y asi instaurar un sistema bien parecido al del ser humano en una comunidad de monos???.
investigare sobre el asunto....

MKADU

marzo 21, 2008 9:36 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

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marzo 03, 2016 12:38 a. m.  
Blogger Unknown said...

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Blogger chenlina said...

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diciembre 08, 2017 11:14 p. m.  

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